Originalmente la vuelta de Ska-P a Buenos Aires estaba planeada para el 29 de Noviembre, pero aquel Sábado hubo tormenta eléctrica e inundación y el show debió ser reprogramado. Casi 10 días después, las nubes negras amenazan con arruinarlo todo una vez más y, camino al Club Ciudad, la gente teme lo peor.
El primero que se asoma desde el costado del escenario es Tchiquitin, el imponente y carismático trompetista con pinta de guerrero vikingo que sale a tocar enfundado en una pollera escocesa. Luego lo sigue el resto de la banda. Están grandes, pero tienen una energía envidiable. Desde el primer acorde de “Ni fu ni fa”, Pulpul y Pipi, ambos vocalistas, salen a despejar cualquier duda sobre su vigencia. El público entra en sintonía instantáneamente y el Club Ciudad, todavía de día, se transforma en una fiesta popular, con gente de todas las edades bailando bajo las nubes al ritmo del ska-punk.
Sin nada que envidiarle, ni en despliegue ni en convocatoria, a cualquiera de los festivales de rock más importantes, los españoles le ofrecen a la multitud un show que va más allá de lo musical. En “Romero el Madero”, un himno anti-represión de la banda, mandan al escenario a un hombre disfrazado de policía que hace estallar una carcajada general. Después de bailar ridículamente de un lado para el otro, se para en el borde de la pasarela que se mete entre el público y les da el gusto: llueven las escupidas sobre el representante de la ley.
El que hace su aparición dos temas más tarde es el mismísimo Tío Sam, parado sobre un par de zancos altísimos. Mientras tanto, los Ska-P cantan: “Tío Sam, muñeco de homicidio / Tío Sam, jugamos a matar / Tío Sam, comienza el exterminio / Tío Sam, operación Irak”. Enseguida siguen con Welcome to Hell, donde se oponen fuertemente a la pena de muerte vigente en Estados Unidos, con silla eléctrica y dramatización incluida sobre el escenario. Y así siguen, peleando contra la Iglesia con la imagen de Benedicto XVI en las pantallas, contra el gobierno de su país, contra todos los que se vengan.
El show de los españoles es un golpe de knock-out, por eso cuando termina nadie se queja. Todos piden que siga, pero en el fondo saben que ya tuvieron suficiente. Así que se van, con una sonrisa en la cara, disfrutando de la tranquilidad después de la paliza.








